REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA:
GÚRTEL Y TERRORISMO SOBRE
LA MEMORIA, EL PENSAMIENTO Y LA LIBERTAD.
Estamos implantando un sistema de comunicación a escala mundial, sustentado en raquíticas líneas de pensamiento. K. Krauss
INDICE
15 y 22 de mayo. ¿Adónde vamos?
Colaboraciones.
El futuro del Movimiento 15-M.
Carlos Taibo.
¿Existe el imperialismo, es un fenómeno mundial o es puro pretexto inventado por los socialistas?
José Eduardo Vázquez. -profesor y ensayista. Cuba-
15 Y 22 DE MAYO. ¿ADÓNDE VAMOS?
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Muchos somos los que pensamos, soñamos, alentamos una revolución que impida la barbarie y decadencia de la actual civilización. Pero también somos conscientes de la dificultad de organizarla, llevarla a cabo, con los medios y formas que sea e impedir que se vaya disolviendo a la manera de los fuegos artificiales en las noches de verano.
El futuro del movimiento 15-M
Carlos Taibo (para ‘
No es tarea sencilla la de pronunciarse sobre el futuro del movimiento 15-M. Lo más probable es que, conforme a la voluntad mayoritaria, se disuelvan antes o después las acampadas --es preferible cerrar racional y jocosamente esta etapa-- y se proceda a trasladar la actividad a barrios y pueblos. Todo ello en el buen entendido de que la posibilidad de restaurar el esquema inicial de concentraciones con poderoso eco mediático no quedará en modo alguno cancelada y de que, claro, el ritmo de los hechos puede ser diferente en los distintos lugares.
El tránsito del recinto del espectáculo mediático al más modesto de la acción local, aunque en modo alguno obliga a cancelar posibles iniciativas --campañas, manifestaciones-- de carácter general, parece deslizar el movimiento hacia una tarea más difícil y menos vistosa, al tiempo que, en sentido contrario, reduce los riesgos de burocratización y los intentos de coparlo desde fuera. No está de más que agregue una observación sobre la singularidad propia de la época del año en la que nos encontramos: la proximidad del verano tanto puede ser un inconveniente insoslayable --las iniciativas y las movilizaciones por fuerza se reducen en la mayoría de los lugares-- como una excelente oportunidad para recobrar fuerzas y plantear una ofensiva en toda regla a partir de septiembre. También hay que tomar en consideración el hecho, interesante, de que el movimiento ha visto la luz en un momento marcado por el final del curso en universidades e institutos, algo que a buen seguro ha reducido sus posibilidades de despliegue en unas y otros. La planificación al respecto de estas cuestiones --que invita a pensar inevitablemente en el medio plazo-- es, en cualquier caso, una tarea vital en el momento presente, tanto más si se convocan elecciones generales para el otoño.
Si se me pide un pronóstico sobre lo que entiendo va a suceder con el movimiento --y no sin antes avisar que en el camino penden varias incógnitas, y entre ellas los efectos previsibles de los intentos de moderar el discurso, por un lado, y de la violencia que el 15-M padecerá, por el otro--, me limitaré a plantear cuatro horizontes posibles. El primero no es otro que el vinculado con un rápido e imparable declive; me parece que semejante perspectiva es harto improbable habida cuenta de la vitalidad presente de las iniciativas y de la general voluntad de ir a más. El segundo nos habla de un eventual intento de colocar al movimiento en la arena política, a través de la gestación de una nueva formación o de la incorporación a alguna ya existente. Creo firmemente que las posibilidades de esta opción son muy reducidas, en la medida en que la mayoría de los integrantes del 15-M no parecen siquiera contemplarla. No puede descartarse por completo, sin embargo, una mecánica de divisiones y escisiones, en un grado u otro vinculable con este segundo horizonte.
Una tercera perspectiva nos dice que el movimiento podría dar pie a una suerte de extensión general, más bien vaga, dispersa y anómica, de formas de desobediencia civil frente a la lógica del sistema que padecemos. No descarto en modo alguno esa posibilidad, que sería una suerte de manifestación abortada de lo que me gustaría que cobrase cuerpo realmente: hablo del cuarto, y último, horizonte, articulado en torno a una fuerza social, que desde perspectivas orgullosamente asamblearias y anticapitalistas, antipatriarcales, antiproductivistas e internacionalistas, apostase por la autogestión generalizada e inevitablemente se abriese a las aportaciones que deben llegar de sectores de la sociedad que todavía no han despertado. Esa fuerza, que habría de acoger en su seno, claro, al movimiento obrero que todavía planta cara al sistema y se enfrenta a los sindicatos mayoritarios, provocaría el alejamiento de una parte de quienes en inicio se han incorporado a manifestaciones y acampadas.
Sólo se me ocurre aducir dos argumentos en provecho de la materialización del último horizonte mencionado: si, por un lado, en muchas de las asambleas realizadas en las acampadas se han revelado por igual una sorprendente madurez y una más que razonable radicalidad en los enfoques --se ha pasado a menudo de la contestación de la epidermis que suponen la corrupción y la precariedad a la del corazón del capitalismo y la explotación--, por el otro debemos dar por descontado que nuestros gobernantes van a seguir en sus trece, esto es, no van a modificar un ápice el guión de sus políticas. El hecho de que hayan decidido morir al servicio del capital mueve audazmente, en otras palabras, nuestro carro.
Ha llegado la hora de actuar unidos: las mesas de convergencia para luchar contra la crisis.
Hay consenso sobre una cuestión: el año de la crisis financiera de 2007 marca el final de un ciclo económico, social y probablemente también político. Treinta años de neoliberalismo han conseguido sustituir los ingresos salariales por los ingresos de la renta financiera e inmobiliaria, el sueldo por el endeudamiento y la especulación bursátil. El resultado ha sido una monumenal redistribución de la riqueza de abajo a arriba a nivel mundial. Los grandes beneficiarios han sido las rentas más altas del planeta: unos cuatro millones de personas con un patrimonio superior a un millón de dólares, casi tres millones residentes en los Estados Unidos, 140.000 residentes en España. Esta casta dispone de mucho dinero, mucha liquidez para gastar en productos financieros especulativos que pueden generar grandes pérdidas pero también enormes ganancias. Es un dinero que no necesitan porque ya lo tienen todo y que pueden jugarse a la ruleta de la bolsa. La constante reducción de la presión fiscal desde principios de los 1980 ha hecho imposible que cantidades cada vez más grandes de riqueza reviertan sobre el interés general, sobre los trabajadores y los territorios que han generado toda esa riqueza. Esto, y la larga precariedad laboral, ha provocado un colapso latente de las arcas públicas con lo cual los gobiernos –tanto de centro-derecha como de centro-izquierda- tienen cada vez más dificultades para financiar el cumplimiento de las leyes constitucionales: el derecho a la vivienda, a la sanidad, a una educación de calidad, a un medioambiente saludable, al trabajo etc. Esta situación se ha agudizado dramáticamente con el crack financiero del 2007. Los gobiernos han empleado cantidades exorbitantes de dinero público para rescatar a los mismos bancos que han provocado la crisis y ahora es toda la sociedad la que tiene que pagar ese rescate. ¿Qué hacer?
Los gobiernos occidentales están desde hace años en manos de las oligarquías financieras y empresariales. A pesar de que representan intereses minoritarios, a pesar de que no han sido elegidos por nadie son los que les dicen a los gobiernos lo que tienen que hacer, los que compran la deuda pública, los que la venden de forma especulativa provocando una crisis tras otra. Pagan los medios de comunicación, se apropian de las universidades y los hospitales públicos erosionando los derechos constitucionales. Pero el resto de la sociedad es mayoritario y tiene un poder potencial inmenso como se ha vuelto a comprobar en los países árabes. Este es el poder que hay que articular para conseguir que los que paguen los costes de la crisis sean los que la han provocado. ¿Cómo hacerlo?
Impulsando un proceso de convergencia se sectores amplios de la ciudadanía en torno a un programa mínimo antineoliberal, creando espacios abiertos y flexibles en los que se agrupe, se informe, discuta y luche pacíficamente por una salida justa a la crisis. En cada pueblo, en cada barrio tiene que haber al menos un núcleo de ciudadanos activos que han decidido remangarse: informarse sobre las verdaderas causas de la crisis y sus responsables, reunir a los grupos activos que ya existen en el barrio para que sumen fuerzas, lanzar iniciativas locales para combatir el neoliberalismo, ayudar a sus víctimas –deshauciados, desempleados, autónomos arruinados- para que no se vean solos, para que su desesperación no les lleve a culpar a los que no tienen la culpa de esta situación (otros desesperados, emigrantes) sino que arremetan contra los que sí la tienen (banca privada, políticos neoliberales). Un grupo de ciudadanos ha hecho un llamamiento a toda la sociedad para que diga „basta ya“, para que suscriba un programa mínimo común y para que pase a la acción. La idea es crear „mesas de convergencia ciudadana“ en todo el Estado, que todos los pueblos y todos los barrios tengan un núcleo de ciudadanos organizados dispuestos a dar la cara. A dar la cara para defender su dignidad como personas y como trabajadores. A dar la cara para denunciar públicamente a los causantes de la situación. A dar la cara para proteger a las víctimas creando una cultura de la solidaridad antes que de la competencia de todos contra todos. No interesa la adscripción partidaria, nadie tiene que dejar de pensar lo que ya piensa, nadie tiene que dejar de militar en su organización, su ONG, su asociación cultural. Simplemente se trata de ponerse de acuerdo en una serie de puntos básicos que cualquier persona mínimamente informada y de buena voluntad puede suscribir, se trata de luchar todos juntos contra la situación creada, de unir esfuerzos. Sobre todo se trata de incorporar al proceso a mucha gente que nunca ha participado en la política por las razones que sean. Lo importante es hacer cosas, hacer visible la resistencia, la oposición democrática a ese golpe de Estado financiero que amenaza con convertir la Constitución de 1978 en papel mojado, que amenaza con provocar una salida antidemocrática aprovechándose de la desesperación de la gente. Nadie tiene que cambiar su forma de pensar y tampoco se trata de utilizar las mesas para iniciar grandes discusiones políticas y programáticas. Los acuerdos se irán dando de forma natural, la cultura política de la ciudadanía irá aumentando pero si es la acción, la resistencia, la organización y la comunicación la que tira del carro, la que logra mover a muchos y diferentes. Esa es la tarea del momento: crear mesas, participar, coordinarse a nivel provincial, territorial y estatal. Todos somos imprescindibles. En http://www.redconvergenciasocial.org/ se puede encontrar toda la información sobre este proyecto que se está extendiendo por todo el Estado, sobre todo entre gente que no era muy activa políticamente o que no sabía en qué espacios participar. Te esperamos
SE VENDEN MUJERES
¡QUÉ VIENE, AULLANDO,AULLANDO, EL FASCISMO!
¿INDIGNAOS? NO: REBELAOS
Entre los mayores errores de la transición se cuenta el de mantener la continuidad de la justicia que imperaba en el franquismo. Muchos de los jueces que habían desarrollado su trabajo en la impunidad del franquismo -torturas, ásesinatos políticos, condenas dictadas por policías represivas, censuras de toda índole- se adaptaron a las formas de la democracia, y hasta tribunales especiales continuaron funcionando. Todavía estamos pagando ese "pacto del silencio con el pasado".
ÍNDICE.
La Antorcha de Karl Kraus.
El tópico de la palabra totalitarismo.
Carlos Taibo. Estado de alarma.
LA ANTORCHA DE KARL KRAUS. IDEAS QUE NUNCA MUEREN
En abril de 1899 publicaba Karl Kraus el primer número de LA ANTORCHA. Durante 37 años, esta singular y única revista, el empeño más ambicioso y conseguido que nunca se haya realizado en el periodismo y la literatura mundial, dignificó el pensamiento y la creación literaria. Miles de continuadores debieran hoy en España imitarlo. Nosotros no somos sino uno de ellos, que nos alimentamos con sus palabras e ideas, con el ejemplo de su independencia y de su feroz crítica.
Transcribimos en este número un fragmento de la declaración que Kraus introducía en su primer número de la revista:
... en un momento que ha traído turbulencias políticas y sociales de todo tipo a este país, ante una opinión pública que entre la intransigencia y la apatía encuentra un acomodo lleno de tópicos o sin idea alguna, el editor de esta revista, que hasta ahora ha permanecido apartado, realizando sus comentarios desde un lugar poco visible, decide lanzar un grito de combate. Quien se atreve a darlo no es, para variar, un eunuco partidista, sino un publicista que en cuestiones políticas considera mejores hombres a "los salvajes" (...) Lleva alegremente el estigma de la "deslealtad" política dibujado sobre la frente (...) La empresa que aquí abordamos no es más que la de desecar el ancho pantano de los tópicos que otros querrían delimitar sin cesar nacionalmente. (...) La mirada no enturbiada por gafas partidistas verá con doble nitidez la señal, que fulgirá a veces amenazante en nuestras tinieblas intensificadas por las velas de los altares. Y quizá pueda yo acariciar también la esperanza de que no se extinga sin efecto el grito de combate destinado a reunir a descontentos y oprimidos de todos los campos... que estimule a todos aquellos que se sientan con talento y ganas para formar una fronda decidida contra la corrupción de las camarillas y los exclusivismos en todos los ámbitos. (...) El observador imparcial hará lo posible para repartir de forma justa la culpa entre el gobierno y los partidos: ministros que tan sólo no infringen una ley, la de la inercia, que es la que permite a este Estado seguir en pie; representantes del pueblo a los que inquieta cualquier idioma menos "la lengua oficial interior" de la conciencia y que no cesan de discutir sobre las inscripciones en las escupideras de la Hacienda pública, mientras el pueblo confía sus necesidades económicas como secreto de confesión a unos sacerdotes demasiado callados... Que La Antorcha ilumine, pues, un país en el que -contrariamente a cuanto ocurría en aquel Imperio de Carlos V- el sol nunca sale.
CARLOS TAIBO. Estado de alarma
Carlos Taibo sobre Estado de alarma
Pedro Maceiras
Carlos Taibo publica estos días un libro de urgencia. Se titula Estado de alarma. Socialismo de casino, izquierda anémica, sindicalismo claudicante (Catarata, Madrid, 2011). Como es fácil intuir, se interesa por algunos de los debates más vivos que se han registrado a lo largo del último año.
¿Qué has pretendido hacer en este libro?
Los últimos meses han sido muy ricos en acontecimientos, casi todos ellos desgraciados, entre nosotros. Estoy pensando en el lamentable plan de ajuste aprobado por el Gobierno español en mayo, en la huelga general que cobró cuerpo a finales de septiembre o, más recientemente, en la aceptación del pensionazo por los sindicatos mayoritarios. De resultas, y como es sabido, se han recortado obscenamente derechos sociales y laborales para salvar la cara a quienes, de forma inmoral, han colocado el sistema financiero al borde de la quiebra.
Creo que tenía sentido hacer un alto y examinar la trastienda de todo ese proceso con un propósito expreso: promover una consideración crítica sobre lo que ha ocurrido, con unos u otros perfiles, en el seno de la izquierda política y de los sindicatos mayoritarios, en la forma ante todo de lo que ha sido, en el mejor de los casos, una escueta defensa de los Estados del bienestar. A mi entender hay que abrir los ojos de mucha gente para hacer evidentes las carencias de un proyecto como ése.
En varios tramos del libro te refieres a la existencia de dos diagnósticos diferentes de la crisis que habrían cobrado cuerpo en los sectores de nuestra sociedad que todavía hoy resisten.
Así es. El primero de esos diagnósticos es el que acabo de mencionar. Su demanda escueta es reconstruir los Estados del bienestar y, con ellos, la regulación que medio se desvaneció al calor de las medidas neoliberales. Éste es un proyecto fundamentalmente institucional, plasmado en un sindicalismo de pacto y en leyes que deberían aprobarse en las instancias correspondientes.
El segundo diagnóstico, que es el mío, muy consciente de los retos que se derivan de la crisis ecológica, reclama ir más allá de una mera defensa de los Estados del bienestar. Reivindica también la apertura, desde la base, de espacios de autonomía y autogestión, y recela de las presuntas virtudes del crecimiento y del consumo. Se materializa, en fin, en una acción en la base que, a falta de nada mejor, debe correr a cargo de los movimientos sociales críticos y del sindicalismo alternativo.
¿Por qué piensas que levanta ampollas esta distinción que acabas de hacer?
Cada cual es muy libre de pensar lo que quiera. Creo firmemente, sin embargo, que muchos militantes de la izquierda política prefieren cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo en ésta. La izquierda política, obsesionada con las elecciones, parece firmemente decidida a atraer a viejos votantes del Partido Socialista descontentos con la deriva de éste. El resultado es un proyecto aberrantemente socialdemócrata, cortoplacista y orgullosamente ignorante de los imponderables que nacen de la crisis ecológica. Y a este respecto debo subrayar que ningún acuerdo de mínimos puede asentarse sobre bases tan mezquinas.
Me atrevo a agregar que ese proyecto que ahora critico parece tocado del ala, toda vez que su puntal fundamental --el apoyo que debían otorgarle los sindicatos mayoritarios-- se ha desvanecido. Cada vez es más urgente, por lo demás, desmarcarse de estos últimos, pilares fundamentales del sistema que padecemos, y ello pese al discurso que emite la derecha ultramontana.
Tu afirmación de que no es lo mismo ser antineoliberal que anticapitalista esquiva el hecho de que hay muchos antineoliberales que también son anticapitalistas.
Es verdad: no lo niego. Pero me interesa subrayar que hay otros que son escuetamente antineoliberales y que su opción al respecto en modo alguno es casual. Muchos socialdemócratas son antineoliberales pero no son, en modo alguno, anticapitalistas. De la misma forma que hay fuerzas políticas que declaran rechazar el capitalismo mientras promueven programas escuetamente socialdemócratas.
En el libro incluyes doce preguntas relativas al proyecto del decrecimiento. ¿Tan importante te parece éste?
No me importa tanto la propuesta del decrecimiento, que me parece saludablemente provocadora y fundamentada, como la necesidad urgente de prestar una atención constante y decidida a la crisis ecológica. Es una idea que ronda permanentemente por este libro, y que se materializa en una tesis fuerte: la de que, no sin paradoja, la crisis ecológica es la que impulsa hoy las críticas más radicales del capitalismo, y la que obliga a considerar seriamente la conveniencia de salir de este último. No es casual que en esta obra haya decidido incluir varios textos de combate relativos a la discusión energética o al AVE.
En Estado de alarma hay un bloque de trabajos que reivindican lo libertario. ¿Por qué?
Lo primero que debo señalar es que, a mi entender, para aceptar el argumento mayor del libro no es preciso en modo alguno ser libertario. Aun así, y siempre desde mi punto de vista, el núcleo principal en el que se asienta el segundo de los diagnósticos que antes mencioné es indiscutiblemente el libertario. Estoy pensando en personas que creen en la democracia directa y en la autogestión, que emplazan en primer plano la creación de espacios autónomos, que rechazan las formas de propiedad del capitalismo y que recelan de liberados y profesionales de la política. El adjetivo libertario me parece más gráfico, a la hora de describir todo esto, que el más ideológico de anarquista.
Me ha parecido observar que a medida que los textos que incluyes en este libro son más cercanos en el tiempo, menor es tu presencia en los medios de comunicación del sistema.
Pues infelizmente, o felizmente, es así. Los periódicos para los que escribía, que sin duda tienen profesionales más capaces que yo, parecieron llegar tiempo atrás a la conclusión de que mis colaboraciones nada agregaban. Y el efecto principal es que apenas escribo en otro lugar que el que ofrecen un puñado de páginas web mal que bien vinculadas con la izquierda social y el sindicalismo alternativo. Ya llegarán tiempos mejores. O no.