jueves, 9 de febrero de 2017

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ESPAÑA  2017. CON CITAS DE HERBERT MARCUSE.

 

                                                                        

 

El propio desarrollo capitalista ha alterado la estructura y la función de la burguesía y del proletariado de tal modo que ya no parecen ser agentes de la transformación histórica.

 

Esta realidad la confirman los actuales partidos políticos. Prefieren hablar de “los de arriba y los de abajo”, “la gente”, “los viejos y jóvenes”, “la transversalidad” y otras nominaciones, en vez de analizar los fundamentos que explican y justifican el poder del neo capitalismo: un partido dominante, y una clase explotada que se subdivide en varios estratos, y a través de los medios de información y la sociedad de consumo, aceptan – en sus formaciones burocráticas, no en miles de ciudadanos- las leyes que les imponen. Alienados y conformistas y con una cada vez más amplia clase inferior, depauperada y que conforma una semiesclavitud en el siglo XXI.

 

No solo una forma específica de gobierno o gobierno de partido hace posible el totalitarismo, sino también un sistema específico de producción y distribución que pueden ser muy bien compatibles con un “pluralismo de partidos, periódicos, poderes comunitarios” etc. Mientras más capaces sean los gobernantes de repartir los bienes de consumo, más firmemente estará ligada la población a las diversas burocracias gobernantes.

 

He ahí la inteligencia del capitalismo y del imperialismo. Para ello conformó la actual democracia. E impidió que los explotados, en el trabajo, en las formas de vida –vivienda, educación, sanidad, etc.- formaran un bloque combativo contra la minaría dominante –banca, iglesia, monopolios informativos y culturales, ejército y terrorismos represivos-.

Hemos de recuperar las palabras auténticas, no tener miedo a los conceptos revolucionarios, si queremos analizar la realidad política, social y cultural del mundo en que vivimos.

En vez de respetar los medios de comunicación, las costumbres tradicionales y reaccionarias –del poder de la religión a la justicia- crear otros procedimientos críticos, no políticamente correctos, antisistemas, e intentar impulsarlos de todas las formas posibles. Pero eso supone renunciar al orden sacrosanto impuesto por los partidos y sindicatos manipulados por el poder, al concepto de una izquierda que se entregó con armas y bagajes al mismo, a costa de que la sustentaran y eternizaran burocráticamente.

 

La gente se reconoce en sus mercancías, encuentran su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina.

 

Y sobre todo en su TV y en su conexión a las redes sociales, a la comunicación por Internet o en su móvil y sus tabletas.

Imaginemos por un momento que precintaran y desaparecieran todos los automóviles, televisores y tabletas y móviles de un pueblo o ciudad. Para sus habitantes sería peor que si los dejaran ciegos y sordos. Andarían como sonámbulos por las calles, perderían el equilibrio, se mesarían los cabellos, se morirían de tristeza, odiarían las palabras que pudieran dirigirles, los razonamientos para ordenar unas nuevas formas de vida, porque ya no quieren escuchar palabras que les hagan pensar, solo desean consumir imágenes, publicidad que les guíe. Y tal vez iniciaran, al fin, una revolución, aunque sus fines no fueran destruir la explotación capitalista de que eran víctimas, sino recuperar su condición de explotados por ella.

 

 

La expansión que salva el sistema, o al menos lo fortalece, no puede ser detenida más que por medio de un contra movimiento internacional y global. Por todas partes se manifiesta la interpretación global: la solidaridad permanece como el factor decisivo, también aquí Marx tiene razón. Y es esta solidaridad la que ha sido quebrada por la productividad integradora del capitalismo y por el poder absoluto de su máquina de propaganda, de publicidad y de administración. Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad. La justificación del trabajo intelectual reside en esta tarea, y hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado.

 

Difícilmente podríamos interpretar estas palabras hoy. Y no porque hace ya 50 años que fueron escritas y publicadas. Sino porque los políticos se encuentran moribundos. Solo piensan en el espectáculo. Mantener sus puestos, o escalar otros superiores y utilizar un lenguaje cada vez más parco, repetitivo, ayuno de conceptos, al uso del que escuchan en los seriales y tan fácil y pedestre que solo han de limitarse a escribir las tres líneas que les autorizan los nuevos medios de desinformación y alienación. Mienten. No se preocupan de profundizar en indagar los problemas fundamentales de la sociedad, la necesidad de educar a las personas de una forma crítica, despertando sus pensamientos, potenciando sus dudas y multiplicando su participación en los debates. Hablamos de ciudadanos reales; y en ellos se encuentran en nuestro país los ocho o más millones que votan por ejemplo al PP -¿o no son ciudadanos?-, los cinco o seis que votan al PSOE, -¿tampoco lo son?-, y los otros diez millones que no votan, -¿a qué clase de ciudadanos pertenecen éstos?-.

Pero las organizaciones políticas cuentan con sus grupos, sus militantes: y eso parece bastarles para medrar en el poder. ¿Qué tiene que ver la conciencia con la publicidad? Mas para ellos la publicidad es el único profeta que cuenta a la hora de difundir su mensaje. Vamos agostando la posibilidad de que la historia se haga necesaria. Despreciando, no el posibilismo inmediato de representar un papel político, sino la necesidad superior de que un día exista una ingente cantidad de personas, seres humanos, no “gente”, que comprenda que la acción es imprescindible, la acción revolucionaria, la que imponen no las armas –siempre en poder del enemigo- sino la razón colectiva, solidaria y antilegal, para terminar con este tiempo de nuevos holocaustos y de mendicidad política y cultural. Existen millones de personas engañadas, explotadas por una minoría de terroristas nacionales e internacionales que les obligan a aceptar las leyes que ellos mismos dictan y cumplir las normas que les imponen para ser “correctos” y así mejor dominarles, eso sí, con la farsa de la democracia que también les ofrece una “oposición leal y políticamente correcta”.

La transformación de la sociedad nunca se hace ni se hará con frases, estereotipos, sino con la solidaridad activa, no pasiva, de la mayoría de habitantes de cada pueblo y país que son explotados no ya solo en el trabajo, sino igualmente en sus cerebros y voluntades por quienes dominan los bancos y grandes industrias y los medios de comunicación, por quienes les imponen la religión de la sociedad de consumo y les impiden creer en la necesidad del ocio propio,  también engendrado por quienes así les encadenan en su afán de absoluto dominio.

Para concluir, saltamos de Marcuse a Rafael Sánchez Ferlosio con una frase que debiera abrir el frontispicio de todas las organizaciones que aspiren en verdad a ser de izquierdas:

 

Ninguna opinión es respetable. Todas han de ser atacadas con toda la apasionada subjetividad que es propia del más libre  y más genuino entendimiento…

La Linterna del S. XXI