miércoles, 7 de febrero de 2018

número 142

 
 
LETIZIA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
 
Día tras día, mes tras mes, periódicos, revistas, televisiones, hablan de la reina Letizia. ¿Hablan? No: eso supondría indagar en sus ocupaciones literarias o artísticas, en sus estudios sociales y aportaciones para la cultura, la lucha contra la discriminación, los genocidios de los exiliados, la destrucción ecológica y ambiental y la necesidad de romper la cadena de quienes tienen en su país -apenas unos centenares- más dinero que el que ingresan millones de ciudadanos.
Sería entrar en la mujer, en sus pensamientos, en sus posibles acciones, incluso en su vida diaria.
Pero no: todos los medios de comunicación se limitan, cuando aparece en un acto público, a contar como viste, los zapatos que lleva, quienes se los proporcionan. Y las joyas que exhibe. Minuciosas descripciones que acompañan su fotografía. De la cabeza a los pies solo existe el maniquí. No escriben, hablan, reflejan otra cosa, como si no fuera un ser humano y sí un simple figurín que se exhibe para conformar lo que es la vida de una reina, ahora sí auténticamente ficticia. El amor, el dolor, la cultura, la política son algo, para los periodistas que no puede encarnarse en ella-
 
Y esto me hace recordar el capítulo q1ue la dediqué -en él expongo las razones que me llevan a tratarla- en mi libro Antimemorias de un comunista incómodo que me publicó hace ya tres años la editorial Península de Planeta. Se llamaba "Leticia: estudiante en Tutor, reina en la Zarzuela".
Por considerar su evolución acorde a lo que se ha, o la han convertido los medios, recojo algunas frases del mismo.

Ya no es mujer. Olvidan, en la representación a que preceptores, tutores, guardianes y personal de servicio la conducen, desde que se levanta hasta que se acuesta, que también es cuerpo y mente, no solo máscara. La máscara es trabajada por el equipo que la armoniza hasta que consiguen que su rostro se vuelva indefinible, hasta que controlan al límite sus expresiones para que no se descomponga jamás a la luz pública (...)
Y como dentro de los ejercicios brillantemente aprobados no existían palabras, diálogos, controversias, dudas, y sí escenificación para el selecto público donde se exhibía su figura y el aprendizaje de idiomas, y al expresar bien pronunciadas frases en ellos, los aquiescentes aplaudirán complacidos al ritual: sí, oh, magnífica, bella e inteligente, no malogra su figura y habla idiomas perfectamente porque ya no habla ninguno. ¿Y su ética? Esa palabra no figura en el catecismo regio. ¿Cómo va a plantearse si ella ya no piensa, solo interpreta los pales que le asignan?
 La existencia pasa a convertirse en una telenovela para consumo de los espectadores. Y en ella, lo más importante, son los adornos de la intérprete, peinado, vestidos, joyas o ausencia de joyas, zapatos y bien afilados tacones. Que ocupen y realcen los decorados sobre los que se mueven o permanecen estáticos los figurantes -incluso en la entrega de premios literarios o artísticos- que hablen sin hablar, sonrían sin sonreír y no verán nunca lágrimas porque el ejército de maquilladoras y su bien retribuida estrategia impiden que rostros tan bien trabajados y compuestos puedan en cualquier momento descomponerse.
Mas fuera de la representación quedan las alcobas de las niñas, los pasillos sin criados ni mayordomos, el lecho ocupado o vacío, los momentos en que despierta del eterno sueño dominante que la ha paralizado, y tal vez, cuando desaparece la escena, renace la vida. Mas esa ya no está preparada para el espejo público. Solo una poderosa imaginación y un catártico análisis, podría tal vez entrar en ella.
Y al final de las palabras, la memoria, de pronto, regresa a aquella joven que estudiaba periodismo y que estuvo en un modesto piso lleno de libros situado en la calle Tutor. Si ya ha sido premiada y obtenido el gran reconocimiento virtual al que aspiraba, busque, por si casualmente se encuentra en su biblioteca de La Zarzuela, las obras de Shakespeare, y lea en el acto V de Macbeth estas palabras:

¡Apágate, breve llama!
(...)
La vida es un cuento
que cuenta un idiota,
lleno de ruido y furia
que no significa nada.                                   
 

martes, 16 de enero de 2018

número 141


EL CAPITALISMO: LA CRUELDAD Y LA INMORALIDAD LLEVADAS A SU GRADO EXTREMO.

El siglo XIX fue el de los textos teóricos y políticos, que alentaban revoluciones de las mayorías, oprimidas, contra terratenientes, poderes religiosos y desarrollo de un capitalismo opresor y cada vez más poderoso. Explotados, tratados sin piedad, incluso niños, no quedaba otra salida que desatar la violencia contra la violencia institucional en el trabajo y en las formas de vida.
 
Marxismo, anarquismo, socialismo revolucionario y en las colonias violentas insurrecciones contra los grandes nacionalismos opresores.
Ahora nos encontramos en el siglo XXI. Y salvo excepciones, echamos de menos textos teóricos y de confrontación que no sean "pactados" "acomodados" "políticamente correctos" contra el nuevo capitalismo, que tras dos guerras mundiales tuvo que ceder en beneficios sociales y mejores formas de vida a una clase media cada vez más numerosa y a los trabajadores, tras decenas de años de acciones reivindicativas y revoluciones más o menos frustradas. Y hemos llegado a una aceptación del neocapitalismo que impone cada vez más condiciones leoninas en las sociedades más desarrolladas. Al tiempo que explicita sus teorías sobre el mercado y la globalización, conceptos trampa de sus economistas y teóricos mayoritarios para acentuar sus recortes sociales y explotaciones económicas cada vez más salvajes, al tiempo que con términos como los de "la sociedad del bienestar" busca alienar no solo a las mayorías, que además, gracias a la televisión y otros medios comunicativos, se muestran cada vez más pasivas, sino también "encadenar" a organizaciones políticas y sindicales, a sus fines.
 
Se habla de vez en cuando de los genocidios fascistas, aunque algunos de los que así se expresan son herederos y benefactores de aquellos, e incluso de los campos de exterminio alemanes como si hubiera sido un problema de solo un puñado de asesinos. Pero en los últimos decenios nadie asimila esa realidad que como todas las guerras tiene una razón de ser de dominio económico, con los miles y miles de ciudadanos de distintos países del mundo, víctimas de las masacres y salvajes contiendas desatadas por el capitalismo para apoderarse de sus mercados y las materias primas de los pueblos.
A los incinerados en los hornos crematorios cuyas cenizas se repartían por los cielos donde efectivamente "no se yacía estrecho" suceden hoy las que en las aguas de los mares encuentran otra tumba tan amplia como aquella, y los que pierden la vida también en travesías del desierto, campos de refugiados, y los que más suerte tienen, en prostíbulos, trabajos casi esclavistas. Huyen de los bombardeos y destrucciones de sus ciudades, de las hambrunas y faltas de condiciones higiénicas y atenciones médicas, de sus aldeas o guetos miserables.
 
Y en los países desarrollados, como España, se acentúa cada vez más otra explotación inicua y salvaje desatada por un puñado de corruptos multimillonarios que van conduciendo, cada vez más, a la mayor parte de la población casi a sueldos de miseria y condiciones laborales leoninas. Y pensando en los textos y acciones del siglo XIX, cuando contemplamos a los dirigentes - siempre existen excepciones, pero son los que menos pueden influir- sindicales o políticos, reunirse una y cien veces con los oligarcas para pedir que los salarios de los trabajadores suban un 1 o 2% y las pensiones ni esa cifra siquiera, al tiempo que banqueros, empresarios, e incluso algunos políticos cada año no dudan en incrementar sus salarios en más del 40%. Pero los "defensores" de la clase obrera, que así se denominan, cumplen su misión como buenos colaboradores burocráticos del poder.
 
Dirigentes que debían alentar las luchas y rebeliones contra este neocapitalismo salvaje y parecen encontrarse muy satisfechos en su labor "revolucionaria" que no deja de ser remunerada por quienes consideran que así se salvaguarda el orden social y se respeta la Ley. También los miles de funcionarios del nazismo y el fascismo, dentro de su "banalidad del mal" justificaban su trabajo sin querer saber nada de las consecuencias que alcanzaba. Por eso escribía en 1944 Adorno: "Toda responsabilidad concreta desaparece en la representación abstracta de la injusticia universal".
El grito y la insumisión del pasado, hoy, en el siglo XXI, está necesitando de una reencarnación de análisis y proyectos políticos que cambien esta pesadilla que atormenta, aunque muchos no sean conscientes de ello, a la mayor parte de la población. Mientras, televisiones, periódicos y revistas no dudan en mostrar cotidianamente su "inocente culpabilidad" informando, como ejemplo de la sociedad del bienestar, de las lujosas viviendas bien protegidas por guardias de seguridad, vacaciones en paraísos fiscales, suntuosas fiestas, relaciones y conquistas amatorias, atuendos y joyas de gran valor de aquellos que dominan la cultura del ocio: 1 solo de ellos puede ingresar beneficios equivalentes a lo que ganen al año más de 100.000 personas.

La Linterna del S. XXI